Rumbo a la cima

Calímedes despertó el primero. Si querían llevar a buen puerto la misión tenían que encontrar comida y él era el más preparado para hacerlo.

Sin despertar a sus compañeros salió de la cueva y exploró sus alrededores. Nada. Aún era pronto, y no muy lejos creía adivinar la silueta de unos árboles así que decidió seguir explorando.

Efectivamente era un bosque de recias coníferas, una de las pocas especies que podían soportar aquel clima. Por desgracia no era época de piñas, pero las minúsculas agujas aportarían vitaminas en una infusión.

Al acercarse al bosque algo huyó del sonido de sus pisadas. Le pareció que era una persona aunque fuera imposible. Se acercó a la zona donde había oído el ruído y no vió nada.

– No llevamos ni un día y ya me estoy volviendo loco, genial…- Pensó en voz alta. – Bueno, quizás sea mejor volver y luego buscaremos comida los tres.

Cogió un puñado de agujas, unas cuantas ramas secas, un poco de resina y llenó su botella de nieve.

En la gruta Lurtes y Nolik estaban despiertos, pero no habían salido de sus sacos de piel. No tuvo que explicar nada, Lurtes ya había puesto al corriente a Nolik.

Desayunaron bien acompañando el té con parte de los víveres que cargaban desde Temuyu y no aguantarían mucho tiempo, reservando aquellos que se conservaban bien.

Parte de la mañana la pasaron en el bosque. No encontraron mucha comida pero pudieron fabricarse unas raquetas para avanzar más rápidamente sobre la nieve. Cuando las hubieron terminado las probaron jugando como si fueran niños a esconderse entre los árboles mientras se lanzaban bolas de nieve unos a otros.

La tarde fue menos divertida, el camino hacia la cima era duro y en el cielo cada vez había más nubes. El viento era tan frío que daba la impresión de que ascendía de la mismísima llanura de Temuyu. Sin embargo Nolik, Lurtes y Calímedes sudaban tratando de llegar a lo más alto.

Casi habían coronado Ilfangor cuando Calímedes se dio cuenta de que no podían seguir, estaba nevando y sólo era el principio de la tormenta. Apenas había visibilidad y desconocía la zona. No era el momento de ponerse a buscar refugio, era mejor construirlo. Instruyó a sus compañeros sobre cómo horadar la nieve para protegerse y pasar la noche a salvo y en unos minutos, gracias en parte a la habilidad de Nolik, la ventisca sonaba por encima de sus cabezas. Pronto estuvieron preparados para pasar la noche, pero Lurtes sin dar explicaciones en vez de meterse en su saco se envolvió con él y se sentó fuera.

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~ por Talika en 26 febrero, 2010.

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