Lucha interior

•16 mayo, 2011 • Dejar un comentario

El sótano se haya desprovisto de muebles pero no vacío, del suelo de piedra negra se yerguen cinco altares del mismo material dispuestos en círculo.
La mujer se coloca en el centro y desata a Calímedes de una de las aras. En sus manos coloca un cuchillo y sonríe maliciosamente al pensar en el espectáculo que está a punto de presenciar.
Él también se da cuenta y trata de resistir con todas sus fuerzas el arrastre hacia Lurtes, por unos segundos parece que funciona, sin embargo pronto comienza a avanzar…

Anuncios

¿No sabéis quién soy?

•18 abril, 2011 • Dejar un comentario

En el sótano hay enormes piedras planas com grilletes, cadenas y manchas herrumbrosas nada halagüeñas. Calímedes y Lurtes se tumban sobre dos de ellas, la mujer los ata y el hechizo se desvanece.

– ¿ Dónde estoy? – pregunta el sabio superviviente en cuanto recupera un poco el sentido.

– En la morada del miedo y los peores horrores inimaginables.

– ¿Eh? ¿Quién eres tú? ¿Qué quieres de nosotros?

– ¿No sabes quién soy?

– ¿Eres Itchiar?

– No me hagas reir, Itchiar es demasiado para tí, el señor supremo no se acercaría a algo tan insignificante como tú.

Lurtes, que hasta ese momento había permanecido en silencio, prinuncia una sola palabra:

– Leitene

– Vaya – responde la dama – Esa soy yo, tú si que habrás oído hablar de mí y de mi fama. Toma aliento y continúa:

– Yo soy Leitene y espero que te dieras cuenta al hablar de mi casa y no al verme a mí, pues sabrás que nadie, nunca, jamás se ha marchado tras mirarme. Por supuesto, vosotros sois los siguientes. Ya podéis empezar a temblar, si bien, el juego no ha hecho más que empezar…

La casa

•13 abril, 2011 • Dejar un comentario

Hipnotizados los chicos de Temuyu siguen a la misteriosa dama por el borde de los acantilados. No se dan cuenta que pronto cambia el paisaje, han ascendido unos metros y se hayan en una meseta de tierra oscura que parece fértil, con el suelo cubierto por un manto de plantas azuladas, salvo el estrecho sendero por el que discurren.
Tras unos quince minutos caminando atraviesan una verja negra que conduce a un misterioso jardín, el césped sigue siendo azul, aunque en esta zona se ven esqueletos de oscuros árboles rodeados de pequeñas campanillas malva.
En el centro de todo se clavan en el cielo los puntiagudos tejados oscuros de dos torres que se yerguen delimitando una enorme casa de madera.
La comitiva entra en aquella morada tan tenebrosa por dentro como por fuera. Pasan por un enorme salón con una chimenea de piedra y paredes decoradas con lo que parecen antiguas armas y herramientas de metal oxidado. Continúan por un estrecho pasillo, bajan unas escaleras que crujen a cada paso y finalmente se detienen en un tétrico sótano iluminado por algunas velas.

El enemigo real

•10 abril, 2011 • Dejar un comentario

Cada vez son más los galíntropos que arañan, muerden o cortan a los aventureros. Lurtes está tan débil y cansado que apenas se tiene en pie y su rodilla izquierda se apoya en la dura roca. Calímedes, casi sin fuerzas se halla a punto de desplomarse.
Unos instantes después la furia negra se detiene, se hace el silencio y los galíntropos abren un camino.
Los seres blancos, con su agitada respiración, contemplan una figura acercarse. Una figura de mujer esbelta y delicada de exuberante belleza, ojos negros y cabellos morados.
Cuando llega a la zona de la lucha se limita a pronunciar una palabra:
– Seguidme
Y una fuerza invisible obliga a Lurtes y Calímedes a obedecer.

Desesperanza

•10 abril, 2011 • Dejar un comentario

Hombro con hombro Lurtes y Calímedes, Calímedes y Lurtes luchan sin cesar. Negros cadáveres se amontonan a ambos lados junto a agonizantes bichos. Innumerables son los que han caído al vacío a sus espaldas y, sin embargo, nada cambia al frente siguen saliendo más y más galíntropos.
Los dos compañeros muestran arañazos por todo el cuerpo, nada de gravedad, por ahora. Pero el cansancio comienza a hacer mella en ellos, la desesperanza se adivina en sus miradas.

La furia negra

•7 abril, 2011 • Dejar un comentario

Después de un par de horas Lurtes soltó la mochila e indicó a su compañero el lugar en el que debían construir un refugio aprovechando unas rocas sueltas y algunas cañas.
Apenas habían acabado cuando empezaron a notar algo que golpeaba las paredes, primero con golpes débiles y espaciados en el tiempo. Cada rato aumentaban la intensidad.
Eran galíntropos que enrollaban su cuerpo formando con éste una bola con pinchos y rodaban hasta estrellarse con la improvisada estructura.
Calímedes sacó el arco de Talika y disparó un par de flechas por el hueco entre dos cañas, pero desistió de la idea ante la dificultad para apuntar y la inutilidad de las saetas contra la dura piel de aquellos bichos.
Cada vez llegaban más galíntropos.
Lurtes y Calímedes sabían que no tardarían mucho en romper las cañas y ambos se prepararon para el inminente ataque pegándose a la pared más alejada con dos pequeñas dagas uno y la pica en la mano el otro.
Sólo fueron minutos, aunque a los níveos temuyuenses se les hicieron eternos, los que tardaron en estar al descubierto. Entonces una avalancha negra se les echó encima con bocas abiertas, garras afiladas y crestas cortantes como cuchillas.

La aventura continúa

•6 abril, 2011 • Dejar un comentario

Después de comer Calímedes y Lurtes siguieron caminando en silencio hasta que El que todo lo ve apartó al sabio de un empujón al tiempo que un galíntropo se daba de bruces contra el suelo en el lugar en el que antes estaba.
Ambos trataron de retroceder alejándose el máximo posible de la bestia, lamentablemente a sus espaldas sólo había una pared rocosa sobre el mar. Calímedes, nervioso, sacó el arma que mejor dominaba, una pica retráctil fabricada especialmente para el viaje. Lurtes, por el contrario, permaneció tranquilo aunque seguía habiendo miedo en sus ojos.
Calímedes ya estaba en guardia cuando el animal atacó de nuevo, gracias a las enseñanzas de Talika sabía donde tenía que apuntar. Tras unos minutos que parecieron horas el galíntropo  dejó de moverse y el joven apenas mostraba algunos arañazos en sus brazos.
No tuvieron que hablar Lurtes y Calímedes para saber que debían recoger y continuar.